lunes, 22 de septiembre de 2008



La Red/CEPREDENAC, algunos apuntes para la memoria
o, la influencia de la Red en Centroamérica: conspirando con la cofradía

Cuando se realizó la reunión de “la nueva generación” de la Red en  Panamá, tuve muchas veces la intensión de participar y contar esta historia, pero por varias razones me contuve. Hoy, he pensado que de algo puede servir revolcar el cajón de los chunches y sacar a asolear algunos recuerdos.

Allá por los años 80, me invitaron a una reunión sobre Administración para Desastres en la Ciudad de Panamá. Había escogido ese curso porque llevaba como diez años de estar trabajando en la respuesta a emergencias – de hecho en ese entonces era responsable de comunicaciones de la Unidad de Respuesta Rápida de la Comisión Nacional de Emergencia – y las grandes operaciones, la adrenalina de los accidentes y los rescates estaban comenzando a salir de mis preferencias. ¿Cómo cambiar esta vara? era la gran pregunta. Había comenzado a investigar en mi tiempo libre, y me encontré una conferencia de las Segundas Jornadas Latinoamericanas para la Atención de Desastres. Ahí un tipo de apellido González Cabán decía que la prevención era hacer de la atención de los desastres “un asunto rutinario”. Palabras más palabras menos, la aseveración me impactó: la constatación del fatalismo, del destino que no cambia y de lo que hoy talvez llamaríamos la necesidad última de la adaptación.

También apareció un viejo manual de UNDRO, donde se hablaba de la prevención. Y la palabra resonó. El indicio era bueno, y parecía la punta de un ovillo, pero no sabía yo cuantas mortajas podía Amaranta tejer. 

Entonces, estando en Panamá en mi taller de capacitación, se apareció un grupo de personas, que tenía también una reunión de trabajo en Panamá ¡ y sobre el mismo tema! (La razón de la exclamación es porque al final de los 80 e inicios de los 90 no era común reunirse para hablar de prevención o administración de desastres, por más raro que le suene a los oídos menos madrugadores). El grupo era del CSUCA – también centroamericano, íbamos bien – y los coordinaba un tal Dr. Lavell, de quien nunca había oído hablar. Cuando llegaron, comenzaron a hablar de prevención, de vulnerabilidad, de decirle no a la vulnerabilidad en lugar de decirle no a la amenaza. Nuestro curso, hasta ahí muy circunspecto y predecible, se salió de su curso, se desbordó y quedó la gran cagada, como corresponde. Lastimosamente la cosa no pasó a más, y cada grupo empacó para su casa.

La espinita se quedó y un buen día me aparecí por la oficina del tal Dr. Lavell. Me trató muy bien, no me ofreció café, pero me dio un mamotreto gigantesco para que le sacara copia. Recuerdo muy bien como se me calentó la sangre cuando comencé a leer sobre vulnerabilidad global, sobre los desastres como hechos sociales y la necesidad de enfrentarse con los sistemas acartonados para buscar sendas, vericuetos o carreteras que llevaran a otro estado de cosas. Ese aparecido tan oportuno fue determinante para cambiar de dirección.

Por allá en 1993 ya había subido de puesto y era responsable de telecomunicaciones de la Comisión y coordinaba también el Centro de Operaciones de Emergencia. Un día de esos, un gran amigo, don Luis Diego Morales, se apareció con una idea descabellada. Me dijo que fuera candidato para presidente del CEPREDENAC. En ese entonces, todas las elecciones para la Junta Directiva las perdíamos por 8 a 4: dos votos de Costa Rica y dos votos de Panamá, contra 8 votos del norte centroamericano. La misma historia cada año, con nombres distintos en la papeleta. Yo me reí a carcajadas hasta que miré la cara de Luis Diego y me di cuenta que estaba hablando en serio. CEPREDENAC hasta entonces era considerado un centro de tendencia técnico-científica, manejado completamente por los científicos centroamericanos de las áreas de geología e hidrología. Yo era técnico electricista y experto en comunicaciones de emergencia, así que nada presagiaba que la idea pudiera dar cosecha.

De una manera brillante y aceitada, estos científicos mantenían una alianza de trabajo con las defensas civiles, mayoritariamente militares, y lograban un equilibrio de calma chicha: los grandes proyectos se iban a los institutos científicos y unos puestos en la Junta Directiva se garantizaban para las defensas civiles. Incluso, algunos sargentos asistieron a cursos especializados en Europa sobre volcanes o sismos, con órdenes expresas de no preguntar. ¡No vayan a dejar en mal a nuestra gloriosa institución, habrase visto!

La cosa al final salió, ganamos 9 a 3, y me encontré de pronto de presidente del CEPREDENAC. Recuerdo que me pidieron un discurso y lo que dije fue que debía comenzar otro tiempo y otra forma de hacer las cosas. Que la pobreza tenía más responsabilidad que los temblores y que hacía ahí debíamos enfocar el trabajo de las instituciones. Para mi era un momento importante, porque tenía la posibilidad de incidir para usar esa nueva forma de mirar el problema que había adquirido en mi experiencia de lectura de Gustavo Wilches, de conversación con Allan Lavell y de discusiones navegadas en ron, cerveza y guaro en la cantina el Romeral, noble institución de la circunstancia josefina. Para la nomenklatura del CEPREDENAC de entonces, eran campanas que tocaban a rebato.

La circunstancia encontró tiempo y lugar, como siempre le es dado, y poco después nos reunimos “los de la Red” con “los del CEPREDENAC”. En una esquina del tinglao Allan Lavell y Andrew Maskrey esgrimieron una imperial bien fría y en la otra Dimas Alonso y yo, correspondimos con un cevichito, ron Centenario y la plena convicción de que los ingleses no nos iban a ganar a tomar tragos. Pobre esperanza la nuestra.

De ahí salió un acuerdo que firmé como Presidente de CEPREDENAC, con Edelberto Torres-Rivas en la Secretaría General de FLACSO en Costa Rica.  Este acuerdo daría mucho de que hablar, y, a pesar de lo que piensen muchos a mon avis tuvo un gran impacto en la región. Veamos: 

Primero, en los 90 tempranos – con acuerdo de Esquipulas II todavía con resultados impredecibles, con una paz en alas de cucaracha y con los ejércitos centroamericanos buscando quehacer – un acuerdo entre el ala dura técnico-científica/militar y los “socialistas” que hablaban de responsabilidad gubernamental, de pobreza y justicia social no solo era improbable, sino que podía ser hasta peligroso para la salud. 

Segundo, modificar el presupuesto del CEPREDENAC quitando fondos de consultorías insípidas para buscar volcanes en Honduras – entre otras cosas – y colocarlo en actividades afuera del arreglo y del status quo, era también un tema imposible de imaginar. 

Tercero, realizar un taller sobre “comunidades en riesgo y socialización de la información”  en Honduras, uno de los países con mayor control de las Fuerzas Armadas en la Defensa Civil, rayaba en la audacia.


El taller estuvo a la altura de las expectativas, surrealista, para ponermelo fácil.  El capellán del Ejército inauguró una reunión donde pululaban militares circunspectos, con sus uniformes impecables, funcionarios un poco despistados, unas damas simpáticas de aguda palabra y copioso cigarrillo y  algunos barbudos fumando y hasta con cerveza en mano desde maitines hasta la hora tercia

Como se diría en la jerga futbolera, los representantes del CEPREDENAC nos pidieron hacer una marcación hombre a hombre. Cada persona de La Red tenía que tener vigilancia estrecha y asfixiante, por aquello de que no se saliera con las suyas. No recuerdo bien de quien fue la sesuda idea, pero en esos días difíciles, con el tipo de militares que teníamos al frente, las cosas se manejaban así. A mi me tocó marcar un compadre, que el trabajo de inteligencia pre-evento había considerado entre los más difíciles. Un mae barbudo, de anteojitos y cola, que podía pasar por líder guerrillero, sobre todo en esas tierras con recuerdos tan a flor de piel. Colombiano pa’ ponerla peor. No se como nos fue en el “duelo particular” como dicen nuestros creativos comentaristas de futbol, supongo que como estábamos de acuerdo empezamos una de esas discusiones, más apropiadas para una mesa del Romeral, donde ambos contendientes se dicen estentóreamente la misma cosa, seguros de poder convencer al otro de lo que ya estaba convencido. Debo decir que Fernando (Ramírez) y yo iniciamos ahí una amistad larga, en la que muchas veces la sangre llegó al río, o mejor dicho el alcohol a las venas, para matizar aún más la coincidencia.

La reunión no solo discurrió bien, sino que fue un momento para abrir los ojos, pestañear fuerte, y aceptar que la estábamos pegando. Sí había chance de hablar esas cosas con los gobiernos, con las fuerzas armadas, con los funcionarios. El discurso calaba hondo y convencía. Muchos nos alegramos y muchos se asustaron. Algunos salieron corriendo a hablar con su canciller, ¡para decirle que los comunistas se estaban tomando el CEPREDENAC! 

Una nota para la memoria. Ese primer día, en un pasillo del Hotel Honduras Maya, aprovechamos a otros funcionarios de cancillerías mejores dispuestos y redactamos la resolución que luego firmarían los presidentes Centroamericanos, en la sesión en la cual ratificaron el tratado de constitución del CEPREDENAC: “Resolución 26. Reconocemos el impacto social y económico que causa la recurrencia de desastres naturales en la región y por tal motivo decidimos fortalecer las instituciones nacionales coordinadoras de las gestiones de prevención, atención y mitigación de desastres, con el apoyo del centro de Coordinación para la Prevención de los Desastres Naturales en América Central (CEPREDENAC). recomendamos la ejecución de un "Plan Regional para la Reducción de Desastres en América Central", y como un elemento primordial, la culturización del tema a través de los sistemas educativos nacionales."

Mucha gente dice que las resoluciones son letra muerta o que las resoluciones se apilan y no sirven para nada. Esa aseveración puede ser cierta en varias ocasiones, pero siempre he pensado que eso depende más de aquellos que la promovieron que de las autoridades que la firmaron. En este caso, esta resolución sería la primera piedra para sacar los organismos de emergencia de las fuerzas armadas, un objetivo que la región cumpliría en un período muy corto, y en el cual la participación de la Red tuvo una influencia significativa desde el principio, como estamos viendo.

El acuerdo entre CEPREDENAC y la Red tuvo cuatro resultados: un inventario de investigadores e investigaciones, que coordinó Ricardo Pérez, un video que realizó el grupo Chirripó y que ganó un premio internacional, el libro "Viviendo en Riesgo" y el taller. Pocas cosas, poca plata, pero el impacto es mucho mayor de lo que hemos querido aceptar.





En adelante, La Red tendría muchos espacios de participación en Centroamérica. Había ganado credibilidad, se había sentado en la mesa de los duros, habían sobrevivido y estaban convenciendo. Siempre me he preguntado que fue lo atractivo del mensaje. Que fue lo que hizo click y movió intenciones. Es fácil explicarse la llegada de los feligreses: un buen discurso, un sustento académico impecable, una cierta sordidez con tufo a diversión y bohemia, un cuartel general que bien podía quedar en un bar de muelle en Panamá, en una oficina impoluta en San José, en el patio lleno de niebla de una ONG en Lima, o en la cima misma del Walhala. 

Tierra fértil y lo que sucedió es historia: filas improbables de aspirantes a la Red, que no sabían adonde llegar con la aplicación, socios apócrifos subiendo su currículo y su sex appeal diciéndose de la Red, muchos convencidos ofreciendo apoyo del bueno, en fin. Insisto, lo que me sigo preguntando y trato de recrear pensando en aquellos días de Centroamérica cuando mañaneaban los 90, es que fue lo que caló en los otros. En los difíciles. En los que tenían mucho que perder. Nunca olvidaré al general guatemalteco que promovió el cierre del CONE militar a sabiendas de que sería una especie de caníbal para su institución. Su mensaje sobre la dimensión social del problema y como eso tenía que ser manejado desde otro tipo de organización era claro y contundente. El harakiri institucional sobre una base teórica bien digerida.

En un segundo tiempo, años después, nos volvimos a encontrar en Miami. Yo era entonces Secretario Ejecutivo, y la relación CEPREDENAC/La Red era más fuerte. Ahí, en un seminario de cuyo nombre no tengo interés acordarme, se dieron situaciones muy distintas. Varias organizaciones habían cambiado y el llamado “enfoque social” era vox populi. A diferencia de Honduras 93, Miami 1996 era una venue obligada. Había que estar ahí, el discurso había ganado mucha fuerza entre nuevos sectores e instituciones y los brazos comenzaban a torcer. Curiosamente, el intento por buscar un nuevo convenio no dio fruto. Una declaración de amor intempestiva con final a la Oliver Stone, un mal timing – empujado por el furor de unos rones madrugadores – a la hora de poner en la mesa las intenciones, maquiavelos haciendo pininos, o simplemente el ambiente miamesco del restaurante Yuca. Alguno de esos o ninguno. Pienso que en esta nueva vuelta de tuerca (o del tornillo, como quizás preferiría Henry James) la política nos dio la primera bofetada, para decirnos que no se puede jugar a ser político. O sea hace bien, o mejor no intentarlo. El nuevo enfoque, la nueva institucionalidad, el nuevo saber hacer, ganaba adeptos pero también ganaba nuevos dueños. Algunos miraban con resignación el barco partir, otros, los más avispados, se habían subido en el, pero no como simples marineros. Los más inesperados, miraban con recelo, sabiendo que el nuevo discurso no era inofensivo y que había que evitar a toda costa que llegara adonde duele.

Un nuevo hito vendría a impulsar las cosas, en 1997-98. Muchos dicen que el huracán Mitch. Error. Luego del impacto fortísimo del Fenómeno del Niño en el 97 y de la temporada de incendios forestales a inicios del 98, la Reunión de Cancilleres decidió dedicar la Cumbre de Presidentes siguiente al tema de prevención de incendios. Un grupo avispado propuso al canciller guatemalteco que no debíamos quedarnos en eso, sino que vendría de seguro una fuerte temporada de inundaciones. Claro, cambio climático sería el tema. Otra vez, el avispado grupo dijo, señor canciller, dejémoslo en variabilidad climática, que es lo que más nos ocupa en este momento. Algunos dirán que perdimos la oportunidad de hacer una cumbre sobre cambio climático en 1998, yo creo que en buena hora porque no estábamos preparados para darle a ese tema los elementos concretos que requiere la reducción del riesgo. 

Dado que el cuento ya es más demasiado largo, resumen ejecutivo: la cumbre, supuesta a realizarse en octubre del 98 no se pudo hacer. Por qué? por el Mitch! El amigo se aparece con la mayoría del pastel cocinado y termina engulléndoselo por completo. Sin duda que el Mitch no es el principal generador de la nueva política sobre riesgo en Centroamérica, para también es cierto que la oportunidad que abrió la supimos manejar, entre vientos huracanados.

El 9 de noviembre de 1998, días después del impacto mayor del Mitch, los presidentes centroamericanos se reúnen en Comalapa (el aeropuerto de El Salvador) y declaran:

Centroamérica ha venido trabajando conjuntamente para consolidar la democracia y el desarrollo sostenible con el fin de mejorar la calidad de vida de todos sus habitantes.

Los importantes avances que habíamos logrado en la región son una muestra que el modelo de desarrollo que hemos estado implementando es acertado y garantiza un crecimiento sano y sostenido de nuestras economías.

Sin embargo, el impacto de los desastres causados por huracán Mitch hace necesario un esfuerzo conjunto y extraordinario de la región para preservar los avances alcanzados hasta ahora y acelerar nuestro desarrollo económico y social.

La situación pintaba más clara: una cosa es declarar que los desastres son un problema del desarrollo y otra cosa es enfrentar las consecuencias de esa aseveración. Los observadores silenciosos comenzaban a actuar, para evitar que el discurso llegara a donde duele.

Muchas cosas pasaron en el río revuelto que dejó el Mitch. Como en Hoy es Fiesta una celebración prematura con miles de millones que no llegaron nunca dejó ánimos lacerados, un canibalismo institucional que aún no se cura, y muchas expectativas en el aire. Inmediatamente, los verdaderamente grandes actuaron para tomar el control: los bancos internacionales, el sector privado más poderoso – que maniató y controló a placer las agendas nacionales post-Mitch – y la clase política que vio una oportunidad de oro.

En este contexto, el ninguneo se volvió cotidiano y tocó enfrentar a gritos la situación. Arrancar espacios, sufrir amenazas y bailar con la más fea.

– CEPREDENAC,  decían, – es un organismo pequeñito que no tiene capacidad de manejar un tema tan grande. Por tanto, toda la cooperación internacional en el tema será centralizada y nosotros manejaremos la agenda de la cumbre de presidentes. –

Rubén Blades, cuando le preguntaban por su post-grado en Harvard, decía que era una 45 intelectual. Cuando te dicen que no eres más que un cantante y que sabes de otras cosas, sacas tu bagaje y … pao! Pues bueno, tocó sacar la 45 intelectual. La buena disposición de Peter Gisle y el compromiso de la Red fueron una combinación letal, perdonen tanto lugar común. Llegamos al SICA con un equipo impecable. Nunca olvidaré cuando empezó la presentación, indicando el expertise, ahí estaban Allan, Manuel, Armando Campos, no recuerdo quien más y decía, miembro de la Red, consultor de CEPREDENAC. Ganamos un round y se redujo el ninguneo.

El diseño del Marco Estratégico para la Reducción de las Vulnerabilidades y el Impacto de los Desastres estuvo muy controlado políticamente. El resultado final es parte de una lucha tenaz y silenciosa, con borradores que iban y venían, mucha discusión sobre lo políticamente correcto y no poco celo institucional. Allan, Andrew, Manuel, Fernando, Omar Darío, Armando Campos, Haris Sanahuja. Un fuerte grupo de apoyo leía, recomendaba, redactaba. La pequeña oficina que teníamos en Panamá no daba a vasto y nos teníamos que reunir en un minibus que nos había comprado la GTZ. 

Simultáneamente, hacíamos publicaciones estratégicas en diarios de la región. Recuerdo un artículo que elaboró Manuel y que salió publicado en Honduras por esos días. Fue una estrategia de pinzas múltiples, de trabajo conspirativo en lo nacional y de fuertes enfrentamientos regionales. Otra vez, mucha gente podrá cuestionar el sentido de una declaración o de un marco estratégico, otra vez diré que es un error mirar las cosas así, que el impacto es evidente y que continua. Lo más fácil es decir que todo eso es letra muerta. Que ingenuidad la nuestra, si fuera letra muerta no se gastaría tanto en ella. ¡Nos cuesta tanto leer entre paréntesis, mirar detrás de los espejos!

Por cierto, yo había sido formalmente aceptado como miembro anónimo de la Red en una ceremonia que se celebró en 
 , presidida por 
 , con 
 de testigo y 
 , un colado que nada tenía que ver en el asunto, pero que se acercó a tomarse un trago con nosotros. Llevaba tiempo hacienda esa abnegada labor y ya era tiempo de ponerse al día. 

En esta nueva vuelta en la paila (o sea, a estas alturas del proceso), una cosa me parecía evidente. El trabajo de incidencia de la Red (no me refiero al de producción académica) era más eficiente desde la matrafula y la conspiración, que desde la plaza abierta y polvorienta. Lo que pasó en Honduras en el 93 no se debía repetir porque era una estrategia gastada. El gran foro, la convocatoria a tomadores de decisiones – que nunca llegan – para hablar entre expertos, no era la vía. La mano que mueve el tintero, que maneja la pluma, pero que no firma. La cofradía que se regodea cuando mira a un “abusado” firmando y afirmando lo que nosotros decimos, en lugar de enojarse por el plagio. Por ahí iba más la vara.

Terminaré este larguísimo relato, (primer zarpe) cuando llegó un nuevo pringue de sal en el sancochado (o sea más adelante en el proceso). Pienso que lo que pasó en 2001 fue una muestra clara de adonde estaba el músculo que la Red podía aplicar en la región. 

El 13 de Enero de 2001 a eso de las 11 de la mañana, me encontraba en la cantina el Volcán, en la ciudad de Panamá. Mi ilustre compañero de mesa era don Fernando Ramírez, de quien ya hice referencia en párrafos precedentes. Tomábamos una balboa y esperábamos con ansia las almejas al ajillo, que tanto distinguen ese lugar, cuando se apareció el director del Instituto de Geociencias de Panamá, quien también venía por su chela y su almejita. En passant, nos cuenta que hubo un terremoto en El Salvador. El Dr. Ramírez y yo dimos por suspendida la aventura gourmet y comenzó un quilombo bien complicado. Con la experiencia del Mitch, ya sabíamos que habría presión, ninguneo, deseos de bajar el perfil y fiesta de millones. Necesitábamos a alguien de confianza, con visión y experiencia para que se fuera de inmediato y fuera nuestro agente de liaison en el país. Tomé el teléfono y marqué un número en Santa Ana, San José de Costa Rica, de la antigua entrada del cine que se quemó en Piedades, 2 kilómetros al sur, 75 al oeste y una cuadra larga al norte. El chirrido de la carne a la parrilla, el tumbao de Arsenio Rodriguez y su orquesta a todo full y el habla un poco gangosa de Antonio Arenas dificultaba un poco la comunicación. Evidentemente el si había tenido tiempo de tomarse unas cervezas más, no en balde Costa Rica tiene una hora menos que Panamá. 

Esa misma tarde Antonio aparecía en San Salvador.

Durante el período más importante de vida que tuvo la crisis de los terremotos en El Salvador, explotamos al máximo esa característica de la Red y la asociación para delinquir que habíamos establecido. Arenas en la media cancha jugaba de todo, buscando espacios abiertos para que llegara la delantera, este servidor, Fernando Ramírez y más adelante Elizabeth Mansilla. Fernando decía las cosas en el tono que yo no podía usar, por ser funcionario intergubernamental. Elizabeth defendía y proponía el enfoque social que debería tener un instituto científico para estudiar el riesgo. Andrés Velásquez mandó refuerzos desde la cálida Cali, con Claudia Yolima y Nayibe. La primera vez que se mostraron los mapas hechos en DesInventar y los análisis espaciales de la situación presente y sus proyecciones, ardió Troya. El Gobierno encontró un método directo para subir su credibilidad, para mostrar que entendía por fin lo que estaba pasando. A cambio tuvimos respaldo y apoyo.





Poco tiempo después, entre capítulos imprescindibles de Betty la Fea, varias cosas tuvieron fruto. El trabajo del equipo de DesInventar ayudó significativamente en las labores post-impacto, y su información se volvió oficial para casi todos los organismos internacionales. Por otro lado, la misión de apoyo al gobierno que estructuramos, con la participación de Eli y el trabajo de hormiga de Antonio, llevaron a la creación del SNET. Un bicho completamente nuevo, que vino a soliviantar una fauna institucional demasiado tranquila. El SNET se aprobó, con un enfoque más moderno, con más capacidades para incidir en las causas de la vulnerabilidad. Con una visión más aterrizada a las posibilidades concretas que da un entorno político y una coyuntura. Justamente, Roque Dalton decía: no es lo mismo estar a la cabeza de la coyuntura, que irse de cabeza en la coyuntura. Creo que ahí se dio lo primero.

En la última hoja del tamal (o sea, al final del proceso), cuando tuve que salir de CEPREDENAC pude constatar que gran parte del éxito que tuvimos en la institución se dio a una participación muy acertada, en cuanto a volumen, intensidad y visibilidad, de la Red. Nunca buscamos ni promovimos la feligresía, por el contrario, muchas recomendaciones o posiciones de la Red no las respaldamos (como promover sistemas nacionales, o incluir la reconstrucción en las tareas de un solo órgano) y buscamos siempre un equilibrio entre la buena teoría y su práctica. La Red jugó un fuerte papel de proveedora de contenido, de generadora de escozores, de relevo en la disputa, de fantasma o visión que por todo lado se aparece. 

Hoy, mucho del avance que tiene Centroamérica en la materia, se debe a ese quehacer.


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Luis Rolando Durán
América Latuanis






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