miércoles, 21 de noviembre de 2012

... y la poesía de Machado... a propósito de un concierto



(Escribí este texto hace muchos años, y hoy, con el concierto que se dieron Sabina y Serrat, se me regresó la historia)
Siendo niño de primaria mis padres hicieron un viaje de vacaciones a Panamá. En Costa Rica, el viaje a Panamá era como una peregrinación (sigue siéndolo). Otra romería, como la que llena las calles de todo el país los últimos días de Julio y el 1ero de agosto. 

Como corresponde, volvieron cargados de compras. De las cosas que los panameños saben que a los ticos les gusta y que preparan con fruición para los días de la avalancha que viene de Paso Canoas. Lienzos de franela negra, con el Canal de Panamá en líneas brillantes; floreros plásticos que en lugar de flores emitían luz por la punta de los tallos; perfumes “charlie”, desodorantes “brut” y alguna que otra camisa con las últimas. 

Además de lo típico, mis viejos llegaron con un radio/grabadora, y con varios cassettes de música panameña grabada al vuelo, con comerciales y caídas de señal incluidas. Jim Carrizo cantaba entre el hizzzz de la señal huidiza y los muy motivados gritos del animador de radio. 

El "Viva Panamá" amenizó muchas mañanas de sábado, desde lo alto del refrigerador. Ahí estaba la radio-grabadora, protegida supuestamente contra nuestra vocación depredadora de niños. Un día, jugando alrededor de la radio, escuché un programa especial. Hablaba de España, de la música de la madre patria (así decía, no me culpen a mi). Camilo Sesto y Julio Iglesias se la pasaban gimiendo desconsoladamente y uno comenzaba a soñar con amores imposibles, desgarradores, heroicos. El tiempo vivido aún no daba mucho para imaginar, y Camilo y Julio tampoco. 

Un buen día, el anuncio cambió y antes de comenzar la emisión, anunciaron la música que vendría, al final, el locutor dijo “y la poesía de Machado”. Comenzó entonces un viaje que por suerte no se ha terminado aún. Unos de los más largos que he emprendido. La música de Serrat invadió nuestra casa en Santiago de Puriscal. A mí, se me quedaría pegada fuertemente en el alma (perdonen el lugar común) y desde entonces Serrat se volvió un sitio, un lugar donde siempre vuelvo a buscar lo que me puede mover, la raíz de la poesía que comencé a buscar con avidez.



Con Serrat llegó también Machado. Música y poesía juntas, con una potencia telúrica, llegaron para llenar los espacios del suspiro temprano, de la ansiedad sin nombre, del rostro huidizo.

Machado se me apareció como un presagio, cuando contó:

He andado muchos caminos,
he abierto muchas veredas;
he navegado en cien mares,
y atracado en cien riberas.
En todas partes he visto
caravanas de tristeza,
soberbios y melancólicos
borrachos de sombra negra,
y pedantones al paño
que miran, callan, y piensan
que saben, porque no beben
el vino de las tabernas.
Mala gente que camina
y va apestando la tierra...
Y en todas partes he visto
gentes que danzan o juegan,
cuando pueden, y laboran
sus cuatro palmos de tierra.
Nunca, si llegan a un sitio,
preguntan a dónde llegan.
Cuando caminan, cabalgan
a lomos de mula vieja,
y no conocen la prisa
ni aun en los días de fiesta.
Donde hay vino, beben vino;
donde no hay vino, agua fresca.
Son buenas gentes que viven,
laboran, pasan y sueñan,
y en un día como tantos,
descansan bajo la tierra.

Machado ha de volver, como vuelve Serrat cada vez que le da la gana. Más allá de su golpe a golpe o de los videos llenos de florcitas cursis con que matizan sus Cantares. Siempre converso con el poeta, cuando me veo en mis propios campos de Soria, cuando la sencillez del ojo que no es ojo porque ve, sino porque te ve me cae rotunda en medio de la pretensión, de la palabra fácil. 


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Luis Rolando Durán Vargas
América Latuanis

jueves, 18 de octubre de 2012

Entre el paraíso y la ciudad de ceniza: anotaciones sobre Cabo Verde.


Se llama Cabo Verde y es un país sin ríos. Ni uno. Todos los cursos de agua, que llenan de verdor este archipiélago del Atlántico Africano, son estacionales; ninguno tiene agua permanentemente y por eso es común encontrar el lecho de las ribeiras  lleno de viviendas y de plantaciones de todo tipo.

En efecto, en Cabo Verde una característica que viene junto con las lluvias de estación y las ramblas que se llenan de agua cada cierto tiempo es la invasión total de los lechos. Una presión que cae sobre un espacio natural de belleza apabullante, con montañas de formas improbables, valles profundos, acantilados y playas de tarjeta postal.


 El país es un archipiélago compuesto por siete islas, de las cuales seis están pobladas. Todo el mundo pregunta porqué la sétima no, y los caboverdianos, aburridos de la pregunta recurrente, levantan los hombros y dicen “quien sabe”. Los portugueses convirtieron las islas en un centro de paso en su comercio de esclavos; cuando algo salía mal con las naves, paraban en en alguna de ellas para luego proseguir hacia Brasil. Ahí comenzó su dinámica de población, y de ahí mismo salió el proceso de liberación que lideró Amilcar Cabral, un nombre que se convirtió en leyenda e inspiración para el mundo.

Llegar a este país fue para mí un motivo de mucha emoción. Imposible no llevar en la cabeza la música de Cesárea Évora, cuando cantaba Sodade y nos hablaba de su isla, la isla de São Niclau. También la Isla do Fogo, donde dos poblaciones habitan adentro de la caldera del Volcán y producen un muy buen vino, que acompaña con frecuencia el excelente pescado que se sirve en los restaurantes.


En la Isla de Santiago está Praia, la ciudad capital. Es un sitio tranquilo, incomparable con otras ciudades capitales que conozco en la región. Todo en una dimensión más pequeña y sobre todo con un ritmo pausado, como las mornas que se escuchan por todas partes. Praia es conocida como la “cidade cinzenta”, la ciudad de ceniza. Este mote nada tiene que ver con el origen volcánico de las islas, sino con el hecho de que casi nadie pinta su casa. En una vista panorámica es evidente que esto es así, tanto en las viviendas pobres como en edificios y casas de la clase media. Según dicen, por dentro pueden desbordar algunos lujos, pero por fuera no se pinta!
Estuve en Cabo Verde como instructor del curso de Gestión del Riesgo y Desarrollo Local, organizado por la OIT con participación de todos los países africanos de lengua portuguesa, una experiencia edificante, de intercambio y conocimiento. Me motiva mucho ver como los niveles profesionales se van consolidando, sobre todo en una materia tan compleja como es la gestión del territorio.




El trabajo nos llevó por cerros sobre-explotados para la industria de la construcción, una imagen dolorosa, en la que una colina de suave pendiente ha sufrido una depredación intensa en sus entrañas, de donde sale material sin control y se destruyen, poco a poco, la montaña, el paisaje y la estabilidad natural de la zona.
En Ribeira da Barca, la misma industria de la construcción ejerce una violenta presión por la arena de la playa, lo que ha resultado en una explotación clandestina y en la degradación de la costa. Los efectos se han visto ya con un patrón de inundación completamente modificado.


La fragilidad de los recursos naturales en el archipiélago de Cabo Verde nos recuerda ese recalentado lugar común:  "los retos para el desarrollo". La búsqueda de esa clave escondida, que permita avanzar a la sociedad sin que eso implique el saqueo y la destrucción. Espero que este proceso de formación con  jóvenes profesionales, que trabajan ya en las administraciones municipales y oficinas de planificación territorial signifique un aporte real en esa dirección.


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 Luis Rolando Durán Vargas
América Latuanis

martes, 18 de septiembre de 2012

Variaciones al azar sobre el calor: instantáneas de Djibouti

Estoy parado sobre una costra de sal de 6 metros de grosor, 200 metros de ancho y 23 kilómetros de litoral. En la mayoría del espejo de agua el color es un celeste tímido. Lejos, hacia el centro, se puede ver un azul más profundo. La blancura del ambiente es deslumbrante, me hace pensar en la ceguera de Saramago. Levanto mis lentes de sol y compruebo que es casi imposible estar sin ese filtro que protege los ojos.

Los lentes están hirviendo. También mi reloj y los binoculares. Me cuesta sostenerlos en la mano. En esta soledad de sal la temperatura actual ronda los 54 grados centígrados.

Estoy en el Lac Assal, al norte de la Ciudad de Djibouti, cerca del Golfo de Tadjoura. Miles de años atrás este era un lago de agua dulce, sin embargo, por ser una cuenca endorreica  - sin salidas fluviales ni infiltración significativa – la evaporación y la filtración de agua del mar a través de la red de fracturas tectónicas lo convirtió en un lago con altísimas concentraciones de sal.

Enclavado a 150 metros bajo el nivel del mar, el paisaje volcánico del lago, la hermosa blancura de su línea de costa y una atmósfera enrarecida y agobiante por las elevadísimas temperaturas, le dan al lago un aura que genera admiración y temores atávicos. Por lo menos eso me pasó a mi.

La sal ha sido explotada desde tiempos prehistóricos y hasta el día de hoy es común ver largas caravanas que vienen a comerciar.  La gente que vive en el pueblo más cercano vende pequeños souvenir de rocas brillantes, cráneos y cuernos de cabra cristalizados por la sal, y algunos otros pequeños artefactos.

Sin embargo, es evidente que la belleza del lago y la visita de los turistas deja poco o casi nada a la población local, y la pobreza inapelable se deja ver, en el campo yermo, en la soledad colorida de la mujer que camina despacio, para buscar la fuente de agua, en el vendedor que sube lentamente los 7 kilómetros que separan su casa del lago, donde todos lo días espera que algún turista improbable compre su colección de souvenirs.


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Ciudad de Djibouti. Son las dos de la tarde, hora de salida de las oficinas públicas. Me pongo la mochila y los lentes y salgo a la calle. Está vacía. Apenas se ven algunas personas, como sombras fugaces que le huyen al calor de la tarde. Quizás funcionarios que intentar volver a sus casas a refugiarse en la sombra y el sueño vespertino. El aire en la calle es de una transparencia nítida, como si el calor y la sequedad de esta ciudad costera en el desierto no permitieran partículas en suspensión.

Refugiados a la sombra de algunos techos,  se pueden ver grupos de hombres, algunos tendidos, otros sentados en el suelo. Tienen botellas de agua y unos paquetes que envuelven ramas con hojas verdes. Algunos te miran, con miradas de vidrio que vienen de algún lugar rebelde de la conciencia, porque se les nota también el letargo de un “viaje asistido”. Los movimientos son lentos y en todos se puede observar una bola en la mejilla. Se trata del Qat, o Khat; por las próximas cuatro o cinco horas, hasta la caída del sol, estos hombres seguirán masticando las hojas, sin hacer otra cosa. Los negocios están cerrados y la ciudad se queda prácticamente inmóvil. Tomar un taxi a la hora del qat significa viajar con una persona de mirada inubicable, que cuando te habla te muestra su boca atiborrada de hojas a medio mascar. y con un olor ácido que se impregna en el carro y no te suelta la nariz por horas.

El qat es una planta alucinógena, cuyo consumo es una tradición milenaria y  que se está convirtiendo en un problema para el país, o al menos en una gran preocupación.
Esta situación también tiende a complicarse en Etiopía, Somalia o Yemen, este último país ha venido sustituyendo sus plantaciones de café por el qat a un ritmo sin control. En Europa su importación es prohibida, pero aquí la gente dice que donde haya somalíes, habrá qat, así que su consumo y trasiego se intensifica también por aquellas tierras.
Este hábito es casi exclusivo de los hombres. Difícilmente se podrá ver a una mujer masticando qat. Más bien ellas se quejan: sus hombres no hacen nada durante horas, y gastan mucho, muchísimo en las hojas. En una entrevista un hombre decía: no debemos dejar que las mujeres consuman Qat, esto es cosa de hombres. Si no, quien va a traer comida a la casa?

Djibouti gasta 200.000 dólares por semana en Qat. Fácilmente, una persona puede dejar el 30 o 40 porciento de su salario en esto. El precio es alto, porque Djibouti, un país poco hospitalario para plantas y verde, no tiene Qat. Viene en grandes camiones, o incluso en aviones, traída desde Etiopía, o de Yemen, para quienes pueden pagar por más calidad y euforia. Alguien por ahí dice que son los únicos aviones que llegan siempre a tiempo.

En un país con problemas tan serios de desempleo, de opciones productivas y de condiciones de pobreza, es difícil no prejuiciarse al ver estos grupos de personas esparcidos por la ciudad, “qateandose” el calor de la tarde, mientras el resto del día se va, llevándose quien sabe cuantas oportunidades.

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Luis Rolando Durán Vargas
América Latuanis
rolandodv@mac.com





jueves, 30 de agosto de 2012

Anotaciones de viaje: en el Cuerno de África






Una y treinta de la tarde. Un bocanada de aire caliente entra por la ventana del carro. No tenemos aire acondicionado y estamos viajando una distancia corta dentro de la ciudad. La opción es cerrar la ventana y asarse con la temperatura interna, o abrirla y dejar que la sensación de brisa al menos elimine la claustrofobia sofocante del calor.

Los ojos se secan y también los labios. La sensación es como si la piel se estuviese levantando en láminas. Los lentes oscuros comienzan a quemar la cara y el reloj se pone también demasiado caliente, le daba directo la luz del sol. Me lo quito y lo guardo, mientras observo el horizonte lleno de bruma. Con la brisa viene una nube de arena que termina de darle densidad a una tarde soñolienta y lurda, como dijo una vez José Martí.


El centro de la ciudad de Djibouti se recorre rápidamente. En primer lugar porque es pequeño, en comparación con la mayoría de ciudades que conozco (me recuerda un poco a Belize City); en segundo lugar porque su temperatura incentiva la marcha forzada, y la contemplación rápida de los atractivos. Al poco rato de estar aquí uno aprende que la dinámica se da entre las 6 de la tarde y las 11 de la noche. A esa hora la ciudad entra en ebullición, el mercado y las calles se llenan de gente que circula, ríe, come, compra, baila, en fin. La interacción no es difícil, uno se siente seguro, la gente no anda con miedo en la calle y rápidamente te dan la mano, te conversan, te ayudan a buscar lo que buscás o te tratan de vender un reloj chino a precio de joyería suiza.

Djibouti, en el llamado Cuerno de África, tiene una posición estratégica para la geopolítica y el comercio – valga la redundancia. Su tamaño es muy pequeño en comparación con los vecinos, pero está justamente en la entrada del Mar Rojo. Es un paso obligado para el tránsito que conecta Europa con el mar de Arabia y el Golfo Pérsico a través del mítico Canal de Suez. Su situación geográfica es sumamente compleja, con Yemen y Arabia Saudita al otro lado del mar y Somalia, Eritrea y Etiopía a sus espaldas. Para los etíopes el puerto de la Ciudad de Djibouti es el único acceso posible al mar, así que todos los días pasan cientos de contenedores y cisternas con todo tipo de productos y combustibles. 

En un tránsito polvoriento y abrasador, de una índole mucho más dramática, miles de emigrantes de toda la región buscan el acceso a los países del golfo, cruzando el desierto y cruzando por el puerto de Obock, o contratando lanchas de contrabando a traficantes yemenitas.

(foto de internet)
Conversando con mi colega Idriss sobre las costumbres, y sobre todo sobre la condición musulmana de la mayoría de la población, me comenta como Djibouti es un país donde se observan las leyes del Islam desde una perspectiva mucho más abierta que otros países como Arabia Saudita, donde las prohibiciones son estrictas y el Estado ejerce control de las leyes religiosas con represión jurídica. Al aterrizar en Jeddah, hace unos días, la tripulación del avión insistió repetidamente en la prohibición de entrar al país con alcohol o carne de cerdo. Acá es más bien una opción que tiene la gente. Las personas pueden ser practicantes o no, y nada pasa. Por ejemplo, el alcohol es tolerado y se puede comprar en las tiendas y muchos bares y restaurantes. Otros te dicen desde la entrada que no tienen bebidas alcohólicas.

La gran mayoría de las mujeres utiliza los trajes tradicionales, con un velo sobre la cabeza, pero con la cara descubierta. Los colores son variados y generalmente muy alegres, si bien también muchas veces se les ve con trajes negros, que no quisiera saber cuando calor acumulan. Un par de veces he observado mujeres con trajes tipo niqab que cubren toda la cara y solo dejan asomarse los ojos. Una de ellas es la persona de la limpieza en la oficina, quien aparece temprano en la mañana y desliza silenciosa por las oficinas, como si no tocara el suelo. 



Me impresiona mucho, y al mirar sus ojos siento que el anonimato o la interacción con la vida a través de un espacio tan pequeño, desarrolla una capacidad especial de mirar.



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Luis Rolando Durán Vargas
América Latuanis

jueves, 23 de agosto de 2012

Anotaciones de viaje: De San José a Djibouti



Fecha: 8-2012

Ruta: San José – París – Jeddah – Djibouti

Aeropuerto de Jeddah, en Arabia Saudita. A solo unos cuantos kilómetros de La Meca. El avión comienza a llenarse de personas que vienen de las celebraciones del Ramadán, y un aroma a sándalo llena el ambiente. Voy en un vuelo de Air France que hace escala en Arabia antes de cruzar el Mar Rojo para llegar a Djibouti, un pequeño país en el extremo oriental del gran Sahara.


La llegada a Jeddah es impresionante. Volamos sobre el desierto, a la caída de la tarde, y por la ventana se aprecia ese paisaje árido, a primera vista monocromo, pero al rato lleno de sombras y tonalidades. Un rato después estamos sobre el Mar Rojo y las costas de la Península Arábiga comienzan a mirarse. La aproximación a Jeddah muestra una serie de islas en un océano de azul metálico. El sol le da una tonalidad naranja al suelo y se refleja de igual forma en los edificios de la ciudad. Minutos después salimos para Djibouti, un viaje de casi dos horas que me trae por primera vez a esta parte del mundo.

Al día siguiente comienzo a explorar un poco la ciudad. El calor, del que tanto me hablaron, es en efecto insoportable. La noche anterior, al llegar, la temperatura era de 37 grados. Ahora, durante la mañana estamos a 39 y llegará a 42 al mediodía. La sensación térmica de 56. Ni siquiera sabía que era posible en una ciudad.

En la tarde, salgo a buscar donde comprar un teléfono celular. La ciudad no tiene una estructura que me sea familiar. De hecho, el calor parece marcarlo todo, la determina. No hay gente en la calle y por toda parte se ve como aprovechan cualquier sombra. Al mediodía todo se cierra y vuelve a abrir hasta después de las cuatro. La gente se escabulle, camina rapidísimo, posiblemente para buscar la sombra, o mejor aún para quedarse quietos.

Alguien del hotel me ha acompañado, Hawa, una señora de la limpieza que primero me dio la dirección y después, sospechando que me iba a perder, se ofreció a acompañarme. La gente aquí es de una amabilidad en vías de extinción. Incluso me cuesta aceptarlo, porque cualquiera, el guarda del hotel, alguien en la calle o un funcionario , siempre están dispuestos a traerte lo que buscás o llevarte al sitio.

Trato de seguirla, pero camina muy rápido. Como prácticamente todas las mujeres en la ciudad, ella viste una especie de Sari, muy colorido, con un velo sobre la cabeza, pero aún así avanza con mucha seguridad. Le pregunto si el velo no le da más calor y me dice que no. Sin embargo, el sol cae durísimo y yo siento el sudor en toda parte, el pantalón y la camisa están empapados y tengo la frente como si recién saliera de una piscina. Cada vez que entra alguna brisa se siente más fuerte, la sensación en la cara es como si llegara el viento de un motor caliente. La frente, las mejillas y hasta los ojos resienten el aliento cálido de la tarde, es como si la piel se resquebrajara.

Entramos en el mercado, una gran secuencia de pequeños establecimientos donde casi todo está escrito en árabe y se ven productos del todo el mundo. Casi todo está cerrado y la gente está recostada al frente de su establecimiento, buscando como refrescarse. Bajamos por pequeños callejones que me hacen pensar en el la mítica Casbah argelina. No se porqué, nunca he estado ahí.
           
Regreso caminando muy despacio. Cruzo frente a una de las mezquitas de la ciudad de donde sale un melodioso canto. Más adelante, de un grupo de tiendas sale un fortísimo olor a mirra que me hizo recordar, como la magdalena de Proust, las lejanas procesiones de la Semana Santa en Puriscal. Regreso al hotel y comienzo a subir los cinco pisos que me separan del cuarto y del aire acondicionado. Al llegar, miro por la ventana y observo como el atardecer comienza a caer sobre el puerto, es el golfo de Aden, en el mar Rojo, una de las dos puertas que comunica el Océano Índico con el Mediterráneo. Al otro lado está Yemen y a los costados Somalia, Etiopía y Eritrea. No puedo evitar un estremecimiento al pensar en cuanta historia a pasado por este parte del mundo, que recién comienzo a comprender.







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Luis Rolando Durán Vargas
América Latuanis

sábado, 11 de agosto de 2012

Haitiando 2012: Grande Saline en la salida del gran Río de l'Artibonite


El gran río de l'Artibonite

Humedad y sal. El atardecer cae sobre una gran planicie llena de arbustos, de gaviotas y de una cantidad de pájaros pequeños que buscan alimento entre los charcos. El suelo es una mezcla de colores entre el marrón y el blanco. El blanco de la sal, un elemento que le da a esta área una característica determinante: en su suelo, en las posibilidades de albergar o no productos para la subsistencia, en la delgada lámina de agua que se queda siempre, como flotando antes de tocar la tierra, en los miles de reflejos pequeños que devuelven las ondas de luz y de calor y lo ponen a uno a sudar sal. Literalmente.
En el centro de la comunidad de Grande Saline

La calle de entrada a la comunidad de Grande Saline resume la descripción del entorno: una corta línea apelmazada, de unos 600 metros que termina en la trasplaya, bordeada por establecimientos variados, como el Tribunal de Paz, la pequeña esquina del banco, la venta de celulares y algo infaltable en casi todo el territorio haitiano: el puesto de venta de lotería, en este caso un verdadero punto neurálgico de la población.  En la ventana, con parsimonia y dedicación, el vendedor de sueños lleva un listado, pulcro y con buena letra, donde están los que le deben, los que han ganado y los que no. Frente a él, una parte de los habitantes del centro se reúne, a dejar pasar el violento calor de la tarde, que les llega directo de un cielo azul abierto y de los reflejos de su suelo blanco. Les basta la incómoda hospitalidad de un banco de madera o una columna del solar donde descansar la espalda. Otros juegan dominó, bajo la atenta de mirada de varios niños, que esperan ansiosos a tener la edad para ocupar alguno de los espacios de los jugadores famosos.



Conversamos con la gente, hablamos  en francés y nos responden en créole. Estamos aquí porque Grande Saline es una zona perennemente afectada por los desbordes del río Grande de Artibonite, que les pasa al lado. La gran paradoja, siempre presente en la historia humana: el río que baja con nutrientes para enriquecer el suelo, también anega y arrasa, con el agua indispensable para sacar el arroz, el banano, la mandioca. Hemos venido a evaluar un sistema de vigilancia de las crecidas del río, que debe también dar aviso a la población para que esta actúe y se ponga a salvo.


Llega, corriendo y muy sudado, el encargado de activar el sistema de alarma, que debería avisar con tiempo a la población, si hay peligro de inundación huracán o tsunami. En sus manos trae un manojo de llaves y nos mira ansioso. Comenzamos a dialogar con él, las preguntas clásicas para saber sobre la formación que le han dado, qué hace falta, si funciona o no el sistema... Al final Pablo le pregunta si el piensa que el sistema de alarma que se ha instalado sirve para algo o no, que piensa él.


Entonces le brillan los ojos y repite varias veces: anpil, anpil, anpil. Mucho, mucho, mucho. Y nos cuenta, con un orgullo que se le desborda, como la gente lo busca y le pregunta por el sistema, para qué sirve, que hay qué hacer. Incluso los viejos del pueblo. Nos muestra la llave que le han dejado, la que le da acceso al sistema de sirenas que tiene una cobertura de casi dos kilómetros a la redonda. Esto le permite apoyar a su comunidad para que esté mejor, para que no se pierda tanto cuando las aguas bravas del río se salen de su cauce.

 
Llegamos a la desembocadura del río. La caída final al mar, ese momento donde todo se indefine, y a veces hay sal o agua dulce, peces de ambos mundos, pequeños camarones que terminan en los concentrados alimenticios. Encontramos un grupo de pescadores y también hablamos con ellos. Una niña nos mira con espanto, no está acostumbrada a “los blancos” y llora detrás de su madre. Sus hermanos son más valientes y vienen a jugar y pedirnos fotos.
El pescador nos cuenta, como sobreviven, que pasa con su comunidad. Si escuchamos la sirena sabemos que hay que hacer algo, que hay que prepararse, pero no sabemos bien qué. Solo que debemos poner nuestras familias a salvo. Si nos ayudaran un poco más, explicándonos bien como actuar, entonces nuestra comunidad sería más segura.

Hace muchos años, la primera vez que vine a Haití, un funcionario internacional me dijo: en este país no hay comunidad. No se puede trabajar con ellos. Esa afirmación me chocó y desde el principio pensé que ese funcionario probablemente no había siquiera intentado entender la sociedad que según él quería apoyar.

Después, sobre todo con el terremoto, volví a escuchar este argumento muchas veces. Prejuicio de quienes vienen con una idea preconcebida a intentar embutirle a una población que no conocen, su medida propia de la felicidad, su aburrida puntualidad, útil para quienes valoran el tiempo por el precio que se les paga. Esta visita a Grande Saline me reafirma, una vez más, como la comunidad haitiana tiene sus propias claves, que les han permitido sobrevivir por siglos, y que serán sin duda la única forma para construir un mejor futuro.

El reto para quienes queremos de verdad apoyar a Haití es poder bajarnos de nuestras posiciones confortables, y continuar dialogando y entendiendo, hasta sincronizar el ritmo y las intenciones.





  



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Luis Rolando Durán Vargas
América Latuanis