jueves, 18 de octubre de 2012

Entre el paraíso y la ciudad de ceniza: anotaciones sobre Cabo Verde.


Se llama Cabo Verde y es un país sin ríos. Ni uno. Todos los cursos de agua, que llenan de verdor este archipiélago del Atlántico Africano, son estacionales; ninguno tiene agua permanentemente y por eso es común encontrar el lecho de las ribeiras  lleno de viviendas y de plantaciones de todo tipo.

En efecto, en Cabo Verde una característica que viene junto con las lluvias de estación y las ramblas que se llenan de agua cada cierto tiempo es la invasión total de los lechos. Una presión que cae sobre un espacio natural de belleza apabullante, con montañas de formas improbables, valles profundos, acantilados y playas de tarjeta postal.


 El país es un archipiélago compuesto por siete islas, de las cuales seis están pobladas. Todo el mundo pregunta porqué la sétima no, y los caboverdianos, aburridos de la pregunta recurrente, levantan los hombros y dicen “quien sabe”. Los portugueses convirtieron las islas en un centro de paso en su comercio de esclavos; cuando algo salía mal con las naves, paraban en en alguna de ellas para luego proseguir hacia Brasil. Ahí comenzó su dinámica de población, y de ahí mismo salió el proceso de liberación que lideró Amilcar Cabral, un nombre que se convirtió en leyenda e inspiración para el mundo.

Llegar a este país fue para mí un motivo de mucha emoción. Imposible no llevar en la cabeza la música de Cesárea Évora, cuando cantaba Sodade y nos hablaba de su isla, la isla de São Niclau. También la Isla do Fogo, donde dos poblaciones habitan adentro de la caldera del Volcán y producen un muy buen vino, que acompaña con frecuencia el excelente pescado que se sirve en los restaurantes.


En la Isla de Santiago está Praia, la ciudad capital. Es un sitio tranquilo, incomparable con otras ciudades capitales que conozco en la región. Todo en una dimensión más pequeña y sobre todo con un ritmo pausado, como las mornas que se escuchan por todas partes. Praia es conocida como la “cidade cinzenta”, la ciudad de ceniza. Este mote nada tiene que ver con el origen volcánico de las islas, sino con el hecho de que casi nadie pinta su casa. En una vista panorámica es evidente que esto es así, tanto en las viviendas pobres como en edificios y casas de la clase media. Según dicen, por dentro pueden desbordar algunos lujos, pero por fuera no se pinta!
Estuve en Cabo Verde como instructor del curso de Gestión del Riesgo y Desarrollo Local, organizado por la OIT con participación de todos los países africanos de lengua portuguesa, una experiencia edificante, de intercambio y conocimiento. Me motiva mucho ver como los niveles profesionales se van consolidando, sobre todo en una materia tan compleja como es la gestión del territorio.




El trabajo nos llevó por cerros sobre-explotados para la industria de la construcción, una imagen dolorosa, en la que una colina de suave pendiente ha sufrido una depredación intensa en sus entrañas, de donde sale material sin control y se destruyen, poco a poco, la montaña, el paisaje y la estabilidad natural de la zona.
En Ribeira da Barca, la misma industria de la construcción ejerce una violenta presión por la arena de la playa, lo que ha resultado en una explotación clandestina y en la degradación de la costa. Los efectos se han visto ya con un patrón de inundación completamente modificado.


La fragilidad de los recursos naturales en el archipiélago de Cabo Verde nos recuerda ese recalentado lugar común:  "los retos para el desarrollo". La búsqueda de esa clave escondida, que permita avanzar a la sociedad sin que eso implique el saqueo y la destrucción. Espero que este proceso de formación con  jóvenes profesionales, que trabajan ya en las administraciones municipales y oficinas de planificación territorial signifique un aporte real en esa dirección.


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 Luis Rolando Durán Vargas
América Latuanis

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